Palestina como los nazis, como en Vietnam
es el clarificador y movilizador artículo del director de RESUMEN LATINOAMERICANO y miembro de la RED VASCA ROJA Carlos Aznárez publicado en GARA el 7 de abril de 2002.
Iritzia >
Carlos Aznárez - Director de "Resumen
Latinoamericano"
Palestina: como
los nazis, como en Vietnam
Esto no es un análisis. Realmente
estoy convencido de que hay momentos en que las elucubraciones
analíticas y las teorizaciones sirven de poco. Están matando al
pueblo palestino y de nada sirve que digamos que esto era
previsible. O que históricamente la violencia terrorista con que el
invasor israelí se adueñó de ese territorio (ayudado por todas las
potencias internacionales, con yanquis y rusos a la cabeza) podía
hacer imaginar esta tragedia que ya dura más de medio siglo y que
ahora nos estalla en más horror y muerte. No nos ayuda en nada
elucubrar sobre qué o cuánto puede hacer la «comunidad
internacional», la ONU, el Papa, los gobiernos o los diplomáticos
bien pagados, mejor comidos y casi siempre insensibles al dolor
ajeno, porque sabemos muy bien que todos estos estamentos son
cómplices de los asesinos sionistas y, sobre todo, del mayor enemigo
de esta humanidad, que gobierna a sus títeres desde Washington. Poco
y nada nos puede significar -a pesar de que seguramente, por
inercia, lo seguiremos haciendo- exigirles a los gobiernos locales,
a los parlamentos y a todo Dios que se nos cruce en el camino, que
hagan algo para detener el genocidio israelí. Bien conocemos las
patrañas de las que se valen los poderosos para amparar a los
carniceros igual hicieron con los criminales norteamericanos
que machacaban Irak, los Balcanes o Afganistán, que les compran
armas, festejan los acuerdos económicos y, en el caso de esta
sufrida Euskal Herria, nos envían a sus peores bulldogs del Mosad
para entrenar a los mastines locales, para torturar sin dejar
rastros o aplicar técnicas sofisticadas en los interrogatorios.
«Están asesinando a la paloma», diría el poeta, y cuando eso ocurre
todo lo demás parece frívolo, hasta las risas extemporáneas, los
comentarios lógicos pero chocantes sobre las vacaciones de Semana
Santa o los éxitos y padecimientos de tal o cual equipo de fútbol.
Están sacrificando la cultura, la vida laboral y social de un
pueblo. «Entran casa por casa nos cuentan nuestros amigos de
Jenin, Ramalá o Nablus, territorios en el que alguna vez estuvimos
llevando nuestro mensaje de apoyo a la Intifada y arrasan con
todo, queman las alfombras, destruyen los techos y paredes buscando
zulos inexistentes, arrancan las tuberías y, por último, festejan
histéricamente el final de la cacería, llevándose a los adolescentes
y adultos a golpes. Les vendan los ojos como hacían los nazis, les
marcan en los brazos como hacían los nazis, les uniforman de
verde como hacían los nazis y luego los envían a inmensos
campos de concentración en Tel Aviv y otras ciudades para
torturarlos o directamente asesinarlos. Y todo ello lo hacen
apoyados en una ventaja que los seguidores de Hitler no tuvieron
para su Holocausto: la impunidad del injustificable silencio de casi
todos los gobiernos, incluidos la mayoría de los mandatarios árabes,
en cuyas manos y, en una actitud dispuesta a pararle realmente los
pies al agresor sionista, estaría la llave de la solución inmediata
de este conflicto. Nos dicen los compañeros internacionalistas que
aguantan en Ramalá al pie del cañón esos que, como Paul
Nicholson, Fermín Muguruza y otros más anónimos han vuelto a darle
sentido a la palabra solidaridad que algunos habían conseguido
bastardear o minimizar que la Gestapo israelí disfruta
humillando al pueblo palestino: que destruyen sus sembrados y
campos, que entran en sus comercios y roban o arruinan sus
alimentos, orinando o defecando sobre los mismos, que arrasan sus
centros de culto, que trasmiten cantos obscenos por sus radios e
imágenes pornográficas por sus cadenas televisivas, hoy ocupadas por
la barbarie. Pero no se conforman con eso: en uno de los campamentos
de refugiados a los que han llegado en una de estas terribles
noches, la soldadesca israelí hizo desnudar a decenas de mujeres,
jóvenes o ancianas, daba igual, y entre gritos y risotadas de burla
las hicieron pasear delante de sus hijos, hermanos y esposos. No, no
se trata solamente de una guerra desigual, de una invasión
reiterada, de un castigo inmerecido. Es algo más, es la peor
excrecencia de la naturaleza humana, su costado más sádico y
deplorable que se ha encarnado en estos uniformados que hoy arrasan
la nación palestina. No importa que se llamen Sharon, Peres, Bush,
Blair o Aznar. Todos ellos coinciden en lo mismo: intentar borrar de
la faz de la tierra a quienes no se someten a su modelo de
dominación colonial e imperial. Frente a semejante demencia
represiva, los palestinos resisten de mil maneras. Unos, poniendo su
cuerpo pacíficamente, defendiendo sus hogares y familias a base de
una dignidad y un orgullo que conmueve hasta las lágrimas. Otros,
con las armas en la mano o lanzándose al «martirio». Cuando un
pueblo no tiene tanques, ni aviones, ni helicópteros, ni misiles, ni
siquiera infantería, y es agredido de esta manera, suple toda esa
maquinaria de guerra con lo único que tienen a mano, sus propios
cuerpos. En esa rebeldía maravillosa reside la clave del triunfo que
inexorablemente sucederá. Por otra parte, está lo que podamos hacer
todas y todos los que reclamamos paz e independencia para Palestina
y que no creemos en los fariseos institucionales. En ese sentido,
toda movilización es poca. Así como al genocida yanqui que asoló de
bombas al Vietnam no sólo lo vencieron los milicianos vietnamitas,
sino también el repudio de las multitudinarias manifestaciones en
todo el mundo, igualmente debemos hacer hoy con Palestina. Ganar las
calles una y otra vez, denunciar a las empresas que comercian con la
tragedia vendiendo armamentos al agresor sionista, boicotear los
productos israelíes y a las marcas comerciales que sostienen esa
maquinaria bélica (por internet circulan listas que harían asombrar
al más enterado, entre ellas Nestlé, Coca Cola, Disney...),
denunciar la complicidad de los grandes medios de comunicación
ligados, no por casualidad, al lobby sionista norteamericano. Y,
sobre todo, concienciar a la población de que los Sharon no son
una casualidad del destino, sino una respuesta planificada del
capitalismo más salvaje para asegurar su control y dominio sobre una
región que resulta estratégica para que Estados Unidos siga
consolidando su dictadura universal y los ricos de Europa continúen
beneficiándose de sus fuentes energéticas. -